Lugares de memoria y tradición

Lugares de memoria y tradición

Una de las regiones de invaluable riqueza cultural en México lo constituye el semidesierto queretano, donde se asientan comunidades indígenas de habla otomí que se reconocen descendientes de las antiguas tribus chichimecas que habitaron gran parte del centro-norte del México antiguo.

En la época prehispánica esta fue una zona de frontera donde convivían grupos seminómadas de recolectores y cazadores, conocidos como: “chichimecas”, con pueblos agrícolas mesoamericanos con los que intercambiaban bienes y disputaban territorios.

En el Siglo XVI, la región se fue poblando con grupos otomíes bajo la corona de España, a pesar de la feroz resistencia que opusieron los chichimecas. Muchos de ellos fueron exterminados; algunos grupos aceptaron congregarse, se mezclaron con los otomíes y adoptaron su lengua. La cultura de esta región es fruto de la fusión entre chichimecas, la cultura otomí y la fuerte influencia del catolicismo, traído por los españoles.

Las comunidades otomí-chichimecas han mantenido un profundo espíritu religioso ligado a la naturaleza, particularmente con el agua y los cerros: La Peña de Bernal, que señala el principio y el fin de los tiempos; el Pinal del Zamorano, dador del agua y de la vida donde habitan los abuelitos nejos y el Cerro del Frontón, donde, según sus creencias, se apareció el Divino Salvador.

En sus rituales ancestrales, cada año los pobladores suben en peregrinación a estos cerros con sus cruces milagrosas para pedir el agua, la protección divina y para venerar a los mecos, sus antepasados chichimecas y a los xita, sus ancestros otomíes. Xitata, papa de los abuelitos, la antigua deidad solar otomí se fundió con la Santa Cruz en un solo culto.

Además de los lugares naturales de culto, en su sincretismo, los pueblos otomí-chichimecas del semidesierto queretano construyeron nuevos espacios sagrados de encuentro entre los vivos y los muertos: las capillas familiares. En esta zona se encuentran cerca de 260 de estas capillas en distinto estado de conservación, la mayoría edificada en el siglo XVIII.

Estos oratorios, generalmente miden unos 5 x 10 metros, son el signo distintivo de la presencia otomí en el centro de México desde el periodo colonial hasta nuestros días; en ellos “residen las ánimas de los ancestros mecos, chichimecas, allí se encuentran la protección y el poder, la continuidad del linaje familiar, piedra angular de la organización comunitaria”, comenta don Erasmo Sánchez Luna, cronista de Tolimán, municipio donde se encuentra varias de estas capillas.

El conjunto de las capillas familiares, fabricadas de piedra, cal y canto, con techo de bóveda de cañón corrido o con cúpula o techo de palma de dos aguas, comprenden dos espacios; un espacio exterior formado por un pequeño atrio donde se ubican uno o dos nichos pequeños conocidos como calvarios o justicias. La cruz del calvario representa al fundador de la descendencia y en el nicho se colocan las cruces de los antepasados o xita, “los abuelitos de antes”. El otro, es el espacio interior, es la capilla con un altar en cuyo nicho principal se coloca la imagen del santo protector de la familia al cual está dedicado el oratorio, acompañado de otros santos, vírgenes y cruces “de ánimas”

Algunos de los oratorios decorados con pinturas murales, que datan del Siglo XVIII y XIX, y algunas son de épocas más recientes. Estos motivos ornamentales, espejo de su cosmovisión, son tanto religiosos como históricos que remiten al pasado chichimeca: conquistadores, indios con arcos y flechas, así como venados. En lo religioso, hacen una singular interpretación de la Historia de Salvación, incluyendo pasajes bíblicos y vida de santos. Las pinturas, hechas con “colores de tierra”, constituyen una mezcla de un singular barroquismo no académico, sin proporciones, sencilla e ingenua.

En los pueblos de San Antonio de la Cal, San Miguel Tolimán y San Pablo Tolimán, en La Higuera y en la zona de El Carrizalillo, las capillas desempeñan un papel fundamental en la vida familiar y comunitaria, en las que se llevan a cabo los rituales más importantes para el grupo: ahí se vela a los difuntos de la familia, se rezan los novenarios, las novias dejan en ellas un ramo de flores de papel cuando se van a casar para anunciar que van a formar parte de la familia del novio, se vela a las ánimas de los antepasados el 2 de noviembre, se celebra la Navidad y el Año Nuevo, reuniéndose la familia, los parientes, vecinos y amigos.

Actualmente no todas las capillas familiares tienen la función original con las que fueron construidas; algunas son utilizadas como bodegas o habitaciones; otras se encuentran en un avanzado estado de destrucción. Sin embargo, conscientes de que constituyen un elemento innegable de su identidad cultural, las comunidades se han propuesto rescatarlas del abandono y volverlas a su uso primero, como fuerte testimonio de su particular espiritualidad.

El Observador de la Actualidad

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